LA HISTORIA DEL TEXTO SAGRADO


Resumen


Antes de traducir palabras y frases de la Escritura, el intérprete ha de interesarse por un problema precedente:

¿Cuál es el texto original del pasaje?

Que tal pregunta debe ser hecha… ¡y contestada!, surge por dos hechos: 

        a. Ninguno de los manuscritos originales de la Escritura existen en la actualidad; 

        b. Las copias existentes difieren una de otra. 

Al ser escritos en frágil papiro, los originales pronto se destruyeron o extraviaron, y las copias manuscritas existentes exhiben entre sí múltiples diferencias, llamadas variantes textuales.

Desde Job, su libro más antiguo (1900 a.C.), hasta el Apocalipsis (90 d.C.) los libros se escribieron en hebreo (con algunas palabras arameas) y griego koiné en un lapso de casi dos milenios. Fueron realizados en tres continentes: Asia (Menor), África y Europa, por no menos de 40 autores de distintos rangos sociales, oficios y profesiones, cuya mayoría no se conoció entre sí, aunque hablaron sobre temas de extraordinaria similitud, principalmente acerca de las cosas por venir. Cuando toda esta diversidad de personalidades, tiempo y espacio coinciden de manera tan exacta en el cumplimiento de sus aseveraciones, las cualidades que resaltan de la Escritura son su maravillosa unidad, autoridad y trascendencia.

 

BASES TEXTUALES DE LA BIBLIA

El Texto Hebreo

Las distintas traducciones del texto hebreo se basan en la Biblia Hebraica Stuttgartensia, la cual es copia fiel del Texto Masorético (TM), manuscrito del 1008 d.C. y hasta muy recientemente considerado como el que mejor reflejaba el original hebreo. Este texto, escrito en principio en paleo-hebreo, es una de las cuatro recensiones salidas de un único tipo de texto hebreo fijado por Esdras y Nehemías en el 444 a.C. Las otras recensiones son: La que sirvió de base para la versión Septuaginta (Vorlage LXX); el Pentateuco Samaritano (PS); y los manuscritos del Desierto de Judea (Q). 

La  IV edición de la Biblia Textual, por motivos que se exponen más adelante, recoge el primer segmento de investigación crítica del proyecto Biblia Hebraica Crítica, que incluye:

1. Evaluación de variantes referidas a la evidencia externa en donde los manuscritos más antiguos tienen mayor peso que los más recientes. 

2. Análisis de la evidencia interna en sus distintas clases de contingencias: 

        a. Probabilidades de transcripción  (paleografía y hábitos de los escribas). 

        b. Dificilior lectio probabilior  (la lectura más difícil debe ser preferida). 

        c. Lectio brevis brevior potior (la lectura más corta  debe ser preferida). 

3. El  canon: Secuencia y compaginación.

 

El Texto Griego

En el caso del texto del Nuevo Pacto, los casi 5.700 manuscritos existentes, presentan entre sí no menos de 250.000 variantes, acumuladas durante los 14 siglos que duró el proceso de copiado manuscrito. Sin embargo, tanto en el caso del Viejo como del Nuevo Pacto, los cambios introducidos, aunque numerosos y del interés más profundo, no afectan la estructura doctrinal de la Obra, cuyo Autor ha tomado providencias para su protección. Por otra parte, en virtud de los hallazgos de la arqueología bíblica y los esfuerzos de la Crítica Textual hasta finales del siglo XX, se ha logrado la restauración de arquetipos cercanos a los autógrafos. Para el Nuevo Pacto (NP), esta edición sigue el texto compilado en el Novum Testamentum Græce (28 edición), apartándose de él solamente en 16 ocasiones (ver nota especial §250 de la Biblia Textual IV edición).

 

TRANSMISIÓN Y CORRUPCIÓN TEXTUAL

La historia del texto bíblico en sus diversos períodos ha sido siempre la historia de los sucesivos intentos de unificación de lo múltiple y no la historia de una multiplicación de lo único. 

 

Viejo Pacto

Desde la época de Esdras hasta el tiempo del servicio apostólico sólo existía un único tipo de texto hebreo, contentivo de los 22 libros originales canónicos del Viejo Pacto (VP).Ahora bien, este Urtext, escrito en hebreo antiguo o paleo-hebreo de los patriarcas, sirvió de base para tres recensiones:

Pentateuco Samaritano. Transcrito igualmente en paleo-hebreo consonántico. Es posible que Tobías amonita, al ser expulsado por Nehemías (Neh.13.4-9; Esd. 4.1-4) obtuviera una copia de la Torá para configurar el orden cultual en Samaria. El PS es la base de la Escritura Sagrada para los samaritanos de hoy en Israel, y esencialmente es una copia del Pentateuco original con una serie de variantes introducidas a fin de respaldar las formas del culto rival surgido en la división del reino en tiempos de Jeroboam.

Septuaginta. La segunda recensión resultó en la traducción griega denominada Septuaginta Alejandrina. Esta versión fue realizada en Alejandría a partir del siglo III a.C. por 72 eruditos judíos. Su necesidad se justificaba por el número considerable de judíos de habla griega (helenistas) que residían en Egipto bajo la favorable dinastía Ptolemaica. 

Texto Rabínico. Tal como ha llegado hoy hasta nosotros, el texto tradicional del Viejo Pacto se conoce como Texto Masorético (TM). Su nombre proviene de la palabra hebrea masorahtradición. La historia de su preeminencia puede sintetizarse así: 

a. Estadio de fluidez textual antes del 70 d.C. Junto a la línea más o menos recta de transmisión textual (grafía cuadrada aramea) que nos llega a través de los masoretas medievales, reaparecen ahora (gracias a los hallazgos de los manuscritos del Desierto de Judea) otras líneas de tradición textual que fueron borradas a finales del siglo I d.C. y comienzos del siguiente, y de las que sólo se habían conservado reflejos en la LXX, el PS, algunas citas de los escritos apócrifos y el NP.

b. Estabilización del texto consonántico (70-150 d.C.). Esta etapa contempla la progresiva estabilización del texto consonántico (cuadrado arameo), conseguida a través de una previa depuración de los numerosos textos que se hallaban en circulación en la época precristiana. Tras la hecatombe del año 70 d.C., cuando los romanos reconquistaron Jerusalén, muchos manuscritos hebreos fueron destruidos desaparecieron. Desde esa fecha en adelante, y por causa de su animadversión hacia el Cristianismo, los fariseos aunaron esfuerzos para recopilar un tipo de texto único, y asegurándose de que todos los manuscritos existentes concordaran en su redacción, procedieron a eliminar todo tipo de texto divergente. Durante los años que siguieron a la destrucción del Segundo Templo hasta el Concilio de Jamnia en el año 100 d.C., los escribas de los fariseos rehicieron un tipo de texto hebreo unificado conocido como Texto Rabínico

c. Estabilización del texto vocálico y de la Masorah (siglos V-XV). Hasta los inicios de la Edad Media el texto bíblico se transmitía únicamente en caracteres consonánticos, sin anotación vocálica alguna. Los masoretas procedieron a aplicar un sistema de vocales y acentos inventado por ellos, con el propósito de fijar su contenido. Se logró la estabilización del texto vocálico partiendo de tradiciones (Masorah), sistemas y escuelas de puntuación diversos (sistemas: babilónico, palestinense y tiberiense). El sistema tiberiense (780 al 930 d.C) es el utilizado en las ediciones actuales de la Biblia Hebrea y en el año 1008, la familia Ben Asher, en Tiberías, logró imponer sus criterios editoriales (Códices de Alepo, de Leningrado y del Cairo). 

d. Estabilización del texto impreso (siglos XV-XX). La historia de la Biblia impresa es la historia de la estabilización progresiva del texto impreso a partir de tres recensiones (edición de Soncino [1494], la Políglota complutense [1514-17] y la 2ª Biblia rabínica de Jacob ben Hayyim [1524-25]) editadas en el período renacentista en lo que respecta a las consonantes y vocales del texto hebreo, a los acentos y anotaciones masoréticas. Estas tres recensiones fueron impresas y de ellas se prepararon las ediciones políglotas de Amberes, París y Londres, la edición de Ginsburg (1908 y 1926) y la Biblia Hebraica de Kittel (basada en la 2ª Biblia rabínica de Jacob ben Hayyim en sus dos ediciones de 1906 y 1912). Posteriormente se prepararon las impresiones de la Biblia Hebraica Stuttgartensia (1977) reproduciendo el texto del Códice de Leningrado (1008 d.C.) y la Biblia Hebraica Quinta (parcialmente publicada desde 2004).

Otras Versiones Griegas. Papiros de los siglos II y I a. C. presentan huellas de que la traducción de la LXX fue revisada para adaptarla al texto hebreo en curso. El Concilio de Jamnia produjo un tipo de texto “único”, asegurándose que todos los textos divergentes fueran destruidos. Esta “estandarización” del Texto Rabínico dio lugar a las versiones griegas de Aquila, Teodoción y Símaco. Es digno de mencionar que Aquila fue un fiel discípulo de Rabí Akiva (considerado como el padre del Judaísmo Rabínico, quien favoreció la rebelión y las aspiraciones mesiánicas de Simón Bar Kojba), y así produjo su nueva versión en griego para los judíos de la diáspora, siguiendo fielmente el Texto Rabínico. Esto confirma la influencia de Akiva en la conformación del nuevo texto.

 La Hexapla. El siguiente acto del drama se produjo en el 200 d.C. cuando Orígenes compuso su famosa Hexapla. Esta versión incluye aquellas tres versiones griegas en paralelo, junto con el Texto Rabínico en hebreo y en griego, y finalmente la LXX (revisada por el mismo Orígenes). Téngase en cuenta que, a excepción de la LXX, las otras cinco versiones de la Hexapla, eran meras variaciones del texto “unificado” en el Concilio de Jamnia. Al parecer, los esfuerzos de Orígenes no estaban dirigidos hacia la recuperación de la forma original de la base hebrea de la LXX, sino más bien a “armonizarla” con el texto hebreo dominante. Así, con pasmosa liberalidad, alteró el texto de la LXX, y este grave hecho afectó particularmente todas las otras versiones del Antiguo Testamento, que de allí en adelante pasaron a ser simples transcripciones serviles del Texto Rabínico. No fue hasta el año 617, cuando Paulus de Tella puso al descubierto las alteraciones de Orígenes.

 

Nuevo Pacto

La historia de los principales hechos que forjaron la alteración en los manuscritos bíblicos del NP, puede resumirse así: En los primeros días de la Iglesia Cristiana, luego que una Epístola era enviada, o después de que un Evangelio era escrito, se elaboraban copias a fin de extender su influencia y beneficios a otras congregaciones. Era, por tanto, inevitable que tales copias contuvieran un relativo número de diferencias en palabras con respecto a su original.

La mayor parte de estas divergencias surgieron por causas accidentales, tales como confundir una letra o una palabra con otra parecida. Si dos líneas paralelas de un manuscrito comenzaban o terminaban con el mismo grupo de letras, o si dos palabras similares se encontraban juntas en la misma línea, era fácil para el ojo del copista saltar del primer grupo de letras al segundo, y asimismo omitir una porción del texto. Inversamente, el escriba podría regresar del segundo al primer grupo de letras y, sin querer, copiar una o más palabras dos veces.

 

 

En Jn.17.15 el original registra: “Yo no ruego que los guardes del mundo sino que los guardes del maligno”,  pero algunas copias manuscritas registran: “Yo no ruego que lo guardes del maligno”  por un error del copista por parablepsis.

 

Asimismo, letras que se pronunciaban de igual manera, podían llegar a ser confundidas por los escribas oyentes. Tales errores eran casi inevitables dondequiera que se copiaban a mano largos pasajes, habiendo más posibilidades de que ocurrieran si el escriba tenía vista u oído defectuoso, si era interrumpido en su labor, o si por causa de fatiga estaba menos atento. 

Otras divergencias surgieron de intentos deliberados por suavizar formas gramaticales toscas, o por tratar de eliminar partes que son real o aparentemente oscuras en el significado del texto. Algunas veces, un copista sustituía añadía lo que le parecía ser una palabra o forma más apropiada, quizá derivada de un pasaje paralelo. De esta manera, durante los primeros años que siguieron a la conformación del Canon del NP, surgieron centenares —si no millares— de las llamadas variantes textuales.

Manuscrito griego del siglo IV en el que puede observarse la añadidura “y ayuno” en Mr. 9.29

 

Tipos de Texto. Igualmente, durante los primeros años de expansión de la Iglesia Cristiana se desarrollaron los llamados textos locales. A las nuevas congregaciones establecidas en grandes ciudades, tales como Alejandría, Antioquía, Constantinopla, Cartago o Roma, se les proveían copias de las Escrituras en el estilo que era corriente en esa región. Al hacer copias adicionales, el número de lecturas especiales e interpretaciones eran conservadas y hasta cierto punto aumentadas, de tal manera que un tipo de texto peculiar a su región llegó a crecer y establecerse. El tipo de texto Alejandrino, siendo el más antiguo, es usualmente considerado como el mejor y más fiel en la preservación del original. Sus características son la brevedad y la austeridad. Hasta muy recientemente, los dos principales testigos del tipo de texto Alejandrino eran el códice Vaticano y el códice Sinaítico, manuscritos en pergamino de mediados del siglo IV. Sin embargo, a mediados del siglo XX, con la aparición de importantes papiros ha sido posible inferir que el tipo de texto Alejandrino retrocede hasta principios del siglo II (125 d.C.). Otros tipos de texto son el Occidental, el Cesariense y el Bizantino. Este último es el más reciente de los tipos distintivos de texto del Nuevo Pacto. Lo caracteriza su esfuerzo por aparecer completo explicativo. Los constructores de este tipo de texto intentaron, sin duda, pulir cualquier forma ruda del lenguaje, combinar dos o más lecturas discrepantes en una sola lectura expandida, y armonizar pasajes paralelos divergentes. Durante el período transcurrido entre el siglo VI hasta la invención de la imprenta en el siglo XV, el tipo de texto Bizantino fue el de mayor circulación, el más aceptado, y el reconocido como el texto autorizado por la Iglesia de Roma. 

 

El Textus Receptus. Paradójicamente, el tipo de texto Bizantino fue también el que sirvió de base para las traducciones protestantes del Nuevo Pacto. Esta base textual griega fue editada e impresa en 1517 por el famoso humanista Desiderio Erasmo de Rotterdam. Sus subsiguientes ediciones fueron ampliamente difundidas, y fue aceptado como el texto normativo para la Iglesia Protestante, el cual llegó a ser reconocido por el nombre latino de Textus Receptus. La obra de Erasmo sirvió como base textual de traducción a la mayoría de los idiomas vernáculos de Europa.

Uno de los manuscritos utilizados por Erasmo. Obsérvese las confusas notas marginales y tachaduras en el texto. 

 

Fue editada cinco veces, y más de treinta ediciones fueron realizadas sin autorización en Venecia, Estrasburgo, Basilea, París y otros lugares de Europa. Subsiguientes editores, a pesar de haber realizado un número considerable de alteraciones arbitrarias, reprodujeron vez tras vez esta adulterada forma de base textual griega, asegurándole una preeminencia tal, que hasta principios del siglo XX, llegó a aceptarse como el texto normativo del Nuevo Pacto. Tan supersticiosa e inapropiada ha sido su inmerecida reverencia, que los intentos por criticarlo o enmendarlo son todavía considerados como un sacrilegio, todo esto a pesar de que su base textual es esencialmente un manojo (¡seis!) de manuscritos tardíos (¡siglo XII!) escogidos al azar y, por lo menos en una docena de pasajes, su lectura no está respaldada por ningún manuscrito griego conocido hasta el presente.

Aun así, este Textus Receptus ha resistido durante 500 años (y aún resiste) en ser desplazado a favor de la verdadera Base Textual Griega, y hoy, encubierto bajo su nuevo nombre de Texto Mayoritario, trata de retomar su primacía, y sigue obstaculizando el camino de todo esfuerzo por restaurar la genuina Palabra de Dios.

 

RESTAURACIÓN 

Viejo Pacto

Desde el siglo VIII d.C. se han levantado voces que reclaman el derecho por una lectura abierta y libre de las Escrituras como única fuente de la religión judía, sin la inserción de vocales, ni la tradición judía y ni el Talmud. Entre las críticas a la vocalización destacan las opiniones de Anán ben David (750), Simhah ben Samuel (1050), Elías Levita (1538), Adam Clarke (1810), Ginsburg (1867), Paul Kaleh (1941) y hoy en día, la de Emanuel Tov y colaboradores (2018).

Lamentablemente, el sistema de vocalización es un comentario continuo insertado en el texto hebreo de la Ley, los Profetas y los Salmos. Sus puntos vocálicos y acentos prosódicos y métricos, confieren a cada palabra en la cual son puestos un significado particular, que en su estado simple, multitudes de ellos en ningún caso conllevan. Las solas vocales añaden conjugaciones enteras al lenguaje. Este sistema es uno de los comentarios más artificiales, peculiares y extensos jamás escritos sobre la Palabra de Dios, porque no hay una sola palabra en la Biblia que no haya quedado sujeta a la influencia de esta particular clase de glosa. Por consiguiente, aún sin tener necesidad de añadir a, suprimir de, o cambiar por, una sola consonante de los manuscritos antiguos, la inserción de vocales y acentos dio a los Masoretas el poder de cambiar dramáticamente el significado de casi cualquier pasaje de la Escritura, porque la prerrogativa de seleccionar vocales y acentos es, en gran parte, la prerrogativa de ¡seleccionar palabras! Algunos eruditos afirman que la ortografía del TM no es uniforme. Los sustantivos generalmente se escribieron con todas las vocales y puntos, mientras que los verbos fueron deletreados defectuosamente.

Distintos sistemas adoptados por los masoretas para definir la vocalización de las palabras. 


Finalmente el sistema empleado en Tiberiades logró imponerse sobre los otros.

 

Emniendas de los Soferim

Las correcciónes a pie de página del TM que no se ven reflejadas en la traducción.

 

Desde el descubrimiento en 1947 de textos hebreos y arameos en el Desierto de Judea, datados aproximadamente desde 250 a.C. hasta 135 d.C., nuestro conocimiento sobre el texto hebreo de la Escritura ha aumentado enormemente. Es importante recordar que hasta el tiempo de dichos descubrimientos, con la excepción del papiro Nash, no se conocían textos antiguos de la Escritura hebrea y aramea. Por consiguiente, los manuscritos del Texto Masorético (TM) de la Edad Media eran considerados como la fuente más antigua de las lenguas originales y así, la investigación textual previa a 1947 estaba basada en copias de textos hebreos y arameos realizados 1200 años después de la composición del Canon hebreo. Por lo tanto, el descubrimiento de muchos textos hebreos y arameos en el Desierto de Judea, que datan de hace dos milenios, ha logrado avances significativos en nuestro conocimiento de testigos antiguos y en el procedimiento de copiado y transmisión textual. Este nuevo conocimiento, necesariamente, ha cambiado nuestra comprensión del texto de la Escritura Sagrada y, en consecuencia, la perspectiva para una nueva introducción a la crítica textual, no reflejada en las introducciones escritas hasta hoy. En nuestra opinión, estos nuevos descubrimientos no sólo han añadido nuevos datos, lo cual es su principal y más importante objetivo, sino también, al mismo tiempo, han evidenciado la necesidad de un nuevo enfoque respecto al texto que se conocía antes de 1947.

 

El descubrimiento y estudio de los manuscritos bíblicos del Desierto de Judea (Qumrán) han contribuido a la confirmación de la traducción masorética, al pluralismo textual (por lo menos dos tipos de texto hebreo) en los siglos que preceden al cambio de era. También han supuesto una revalorización del testimonio de otras fuentes (LXX, PS, Vetus latina), que en muchas ocasiones refleja fielmente un texto hebreo diferente más antiguo que el masorético. Todo ello ha contribuido a un renacimiento de los estudios de la crítica textual del VP, un tanto aletargados en las décadas anteriores a la aparición de estos nuevos materiales. A la vez, ha replanteado el problema de las relaciones entre la crítica textual y la crítica literaria y entre lo que se entiende por un texto crítico y lo que es un texto autorizado canónico. El texto hebreo de Qumrán comparte estructura y sintaxis con el TM (el sistema vav y los relativos aser), pero difieren en la ortografía (Q: más plena), fonología (confusión de laríngeas), morfología (Q: pronominales imperfectos con sufijo) y léxico (Q: propio de un hebreo bíblico post-exilio). 

 

 

Nuevo Pacto

Durante los siglos XVII y XVIII los eruditos recaudaron información de muchos manuscritos griegos, pero con la excepción de dos o tres editores que tímidamente se atrevieron a corregir algunos de los más vocingleros errores del Textus Receptus, esta degradada forma de texto continuó siendo reimpresa edición tras edición. No fue sino hasta la primera parte del siglo XIX, cuando a los eruditos bíblicos se les reconoció haberse apartado totalmente del Textus Receptus para demostrar, por comparación de manuscritos, cómo éstos se podían retrotraer hasta sus arquetipos perdidos e inferir así su condición y paginación. Un profundo movimiento en pro de la restauración del Texto Sagrado dio comienzo en la primera mitad del siglo XIX, y mediante los esfuerzos de destacados críticos textuales, que por razones de espacio es imposible mencionar ahora, se extendió hasta nuestro tiempo.

A partir de entonces, se publican ediciones de la Biblia en sus idiomas originales y se evalúan al mismo tiempo los grandes descubrimientos de la arqueología bíblica, entre los cuales aparecieron documentos manuscritos mucho más antiguos de aquellos que conforman el tipo de texto Bizantino. Gracias a ello, ha sido posible editar el Texto Sagrado con palabras que se acercan hoy más que nunca a las del original. Estas bases textuales de la Biblia vienen siendo plasmadas en las ediciones críticas del Proyecto de la Biblia Hebraica Critica (VP) y del Novum Testamentum Græce (NP) sobre cuyo texto se basa principalmente esta obra. Pero aun así, no obstante la excelencia, erudición y noble propósito que guía a estas ediciones, es importante destacar que el creciente número de sus revisiones denota un necesario proceso de perfeccionamiento que obviamente el original no necesitaría.

 

UNA VERSIÓN PERFECTIBLE

La inspiración verbal y plenaria de la Escritura recayó exclusivamente sobre los autógrafos sagrados, su infalibilidad se limita por tanto al Texto Original, y nunca benefició al copiado manuscrito, aunque este fuera en los idiomas originales de la Biblia. Si esto es así, mucho menos entonces puede beneficiar a las traducciones que de ellas se derivan, y así, la sola consideración de una versión perfecta es imposible. Nuestro intenso (y extenso) contacto con las labores de traducción, nos ha demostrado por experiencia durante los 40 años, que es más el resultado de transpiración que el de inspiración. Las versiones, por excelentes que pretendan ser, no constituyen más que un esfuerzo humano, personal o colegiado, por presentar en idioma vernáculo la infalible Palabra de Dios. Ante esta realidad, surge la propuesta feliz de una versión perfectible, que siguiendo los pasos humildes de la Crítica Textual, acepta las limitaciones impuestas por las circunstancias, y mediante sus ediciones críticas manifiesta su aspiración hacia una versión perfecta.

 


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